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CENTROS GERIATRICOS Y RESIDENCIAS

Residencias: mala prensa

actividad-residenciaSi hay un momento en que la culpa aparece con más virulencia es cuando se menciona la palabra ‘geriátrico’. “Siempre es percibido por los hijos como un gran abandono”, explica Toppelberg. En ese sentido los profesionales coinciden en que, definitivamente, son lugares que cargan con un significado muy negativo. Como todas las instituciones privadas y públicas, el abanico es amplio, cada uno tiene su modalidad y, como alerta el doctor Rozitchner, no siempre el más caro es el mejor. “Si el paciente no va a contar con un sostén adecuado en la casa o su deterioro físico o psíquico es avanzado, no está mal pensar en una institución idónea. Además, hay casos en lo que nunca existió una buena relación, entonces el hijo dice: ‘Está bien, cumplo con mi obligación, me hago cargo pero no me pidas que lo quiera’”, explica Gamble. Por eso, para ciertas personas, formar parte de una institución puede ser positivo: convivir con otra gente o sentirse tranquilos que si algo sucede tienen ayuda médica. Para una elección positiva, lo mejor es consultar a un especialista o salir a recorrer. Gamble aconseja: “Es fundamental que cuenten con un equipo multidisciplinario, con una proporción razonable entre pacientes y asistentes (uno cada ocho o diez pacientes), además de enfermeras. El lugar tiene que ser higiénico y ordenado. Que se pueda ver la cocina y la manera en la que se sirve la mesa. Otra cuestión fundamental es que tengan libre horario tanto para el paciente, si puede salir, como para la familia, y es importante que pueda tener consigo sus cosas personales”.

Fuente: Taringo

Los abuelos se resisten a ir a un centro geriátrico

Flavio y Luciano Guglielmo no querían ir al geriátrico. Habían pasado buena parte de sus días en Monselice, un barrio de techos bajos al norte de Italia (provincia de Padua), y a los sesenta y cinco años los hermanos –gemelos– todavía tenían ganas de seguir viviendo ahí. Por eso, la mañana del 23 de julio pasado, en el preciso momento en que llegaron los médicos para llevarse a uno de ellos (Flavio) a un asilo, los Guglielmo procedieron al modo del neorrealismo italiano: arrastraron un aparador contra la puerta de entrada, se declararon atrincherados y advirtieron que nada ni nadie los movería de Via Confortin, la calle que los había visto envejecer. “Tengo conmigo dos molotov, como Rambo –dijo Flavio por teléfono a la agencia de noticias ANSA, una vez que se vio rodeado por bomberos, policías y psiquiatras–. Si se van, si me dejan en paz, entonces todo okey. Pero si los veo escondidos por ahí, ya está decidido: tiro unas molotov y después me corto la garganta. Yo al asilo no quiero ir. Si voy allá, crepo”.

Este episodio tuvo en vilo a todo Italia la semana pasada. Porque la escena parecía guionada por Fellini. Porque era la primera vez que dos viejos defendían su dignidad con una terquedad salvaje. Y porque esa historia abrió la puerta a un panorama que, en un futuro bastante inmediato, se volverá más usual: según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, para el 2040 la población de sesenta y cinco años en adelante aumentará en un 157 por ciento (pasará de 506 millones a 1.300 millones), y la vejez vendrá marcada por dos características: será lúcida (debido a los avances de la ciencia) pero no gozará de una autonomía física acorde a la mental (porque la ciencia tampoco hace milagros). Por eso, en un futuro, la escena de “no quiero ir al geriátrico” –es decir, el rechazo espabilado y explícito al encierro– se tornará cotidiana.

Y dolorosa. “Todos los progresos científicos han agregado años a la vida, pero no han agregado vida a los años –sintetiza el licenciado Leopoldo Salvarezza, psicogerontólogo y ex profesor titular de la cátedra de Tercera Edad y Vejez en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA)–. Como la franja de mayores de ochenta años está creciendo mucho, en el futuro habrá más viejos que requerirán la internación en un geriátrico. Hay casos en los que es probable que estén mejor internados. Pero también hay muchos casos de viejos que están lúcidos y que no quieren perder su hogar, su hábitat. Para muchos, ir al geriátrico equivale a ir a la cárcel. Y antes que ir a la cárcel, se defienden de la manera que pueden”.

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LOS PERROS ALEGRAN LA VIDA EN LAS RESIDENCIAS DE ANCIANOS

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Hay quien cruelmente ha llamado
“antesalas  de la muerte”
a los asilos de ancianos,
y me parece muy fuerte.
Hoy se inventó el eufemismo
de “residencias geriátricas”,
que significa lo mismo
de forma menos traumática.

Pero hay una realidad
que no puede soslayarse:
un asilo es soledad
a la que uno ha de adaptarse
porque ha cambiado el entorno,
cambian con él las costumbres,
lo cual produce un trastorno,
y es preciso se vislumbre
un resquicio de alegría
en el tren del día a día,
y que el buen humor alumbre.

Hay en Navarra un asilo
que todo esto ha valorado
iniciando un nuevo estilo
de vida entre los ancianos,
e introdujo la presencia
de algunos perros-mascota
que al asilo ponen nota
de positiva influencia,
y quitan, en cierto modo,
del anciano la morriña,
y sucede   sobre todo
que con ellos se encariñan.

Un perro ofrece alegría,
un perro es un buen amigo.
Da el perro la compañía
que, a veces, no dan los hijos.

El Vate Impenitente