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Los abuelos se resisten a ir a un centro geriátrico

Aprender de Los abuelos se resisten a ir a un centro geriátrico para personas mayores

Flavio y Luciano Guglielmo no querían ir al geriátrico. Habían pasado buena parte de sus días en Monselice, un barrio de techos bajos al norte de Italia (provincia de Padua), y a los sesenta y cinco años los hermanos –gemelos– todavía tenían ganas de seguir viviendo ahí. Por eso, la mañana del 23 de julio pasado, en el preciso momento en que llegaron los médicos para llevarse a uno de ellos (Flavio) a un asilo, los Guglielmo procedieron al modo del neorrealismo italiano: arrastraron un aparador contra la puerta de entrada, se declararon atrincherados y advirtieron que nada ni nadie los movería de Via Confortin, la calle que los había visto envejecer. “Tengo conmigo dos molotov, como Rambo –dijo Flavio por teléfono a la agencia de noticias ANSA, una vez que se vio rodeado por bomberos, policías y psiquiatras–. Si se van, si me dejan en paz, entonces todo okey. Pero si los veo escondidos por ahí, ya está decidido: tiro unas molotov y después me corto la garganta. Yo al asilo no quiero ir. Si voy allá, crepo”.

Este episodio tuvo en vilo a todo Italia la semana pasada. Porque la escena parecía guionada por Fellini. Porque era la primera vez que dos viejos defendían su dignidad con una terquedad salvaje. Y porque esa historia abrió la puerta a un panorama que, en un futuro bastante inmediato, se volverá más usual: según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, para el 2040 la población de sesenta y cinco años en adelante aumentará en un 157 por ciento (pasará de 506 millones a 1.300 millones), y la vejez vendrá marcada por dos características: será lúcida (debido a los avances de la ciencia) pero no gozará de una autonomía física acorde a la mental (porque la ciencia tampoco hace milagros). Por eso, en un futuro, la escena de “no quiero ir al geriátrico” –es decir, el rechazo espabilado y explícito al encierro– se tornará cotidiana.

Y dolorosa. “Todos los progresos científicos han agregado años a la vida, pero no han agregado vida a los años –sintetiza el licenciado Leopoldo Salvarezza, psicogerontólogo y ex profesor titular de la cátedra de Tercera Edad y Vejez en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA)–. Como la franja de mayores de ochenta años está creciendo mucho, en el futuro habrá más viejos que requerirán la internación en un geriátrico. Hay casos en los que es probable que estén mejor internados. Pero también hay muchos casos de viejos que están lúcidos y que no quieren perder su hogar, su hábitat. Para muchos, ir al geriátrico equivale a ir a la cárcel. Y antes que ir a la cárcel, se defienden de la manera que pueden”.

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